Autor: Marcela Martínez Pineda
Al conocer que esta edición tendría como protagonistas a productores de mezcal del Estado de México, mi primera pregunta fue: ¿qué se necesita para convertir un gran producto en una empresa?
La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella existe uno de los mayores retos que enfrentamos quienes decidimos emprender.
Muchas empresas nacen de saber hacer algo muy bien. Alguien tiene una receta extraordinaria, domina un oficio, identifica una necesidad, desarrolla un producto, presta un gran servicio o encuentra una oportunidad que otros no habían visto. Llegan los primeros clientes, después las recomendaciones y poco a poco aquello que comenzó como una idea empieza a crecer.
Y entonces sucede algo para lo que pocas veces estamos preparados: el negocio comienza a exigir habilidades completamente diferentes a aquellas con las que nació.
Ya no basta con tener un excelente producto, hay que aprender a administrar, calcular costos, cuidar el flujo de efectivo, contratar personas, formar equipos, delegar responsabilidades, construir una marca, generar procesos, vender, negociar y tomar decisiones pensando no solamente en el día de hoy, sino en los próximos años.
Ahí comienza la verdadera transición del producto a la empresa, lo he visto en distintos sectores y también lo he vivido como empresaria. Llega un momento en el crecimiento de una organización en el que estar en todo deja de ser una fortaleza y comienza a convertirse en una limitante.
Al principio el fundador vende, cobra, compra, supervisa, resuelve problemas y conoce personalmente a cada cliente. Esa capacidad de involucrarse en todo probablemente fue indispensable para llegar hasta ahí.
Pero ninguna empresa puede crecer indefinidamente dependiendo de una sola persona, construir una empresa implica aceptar que necesitamos estructura y estructura no significa necesariamente burocracia, ni grandes organigramas.
Significa que las personas sepan qué se espera de ellas, que existan procesos claros, que los números permitan tomar decisiones, que los clientes reciban una experiencia consistente y que el conocimiento del negocio no viva exclusivamente en la cabeza de quien lo fundó.
También significa aprender a construir equipo. Podemos tener instalaciones, tecnología, maquinaria, productos extraordinarios y una marca atractiva, pero al final son las personas quienes hacen posible que una organización funcione y crezca.
Por eso, el capital humano no debería considerarse únicamente un tema administrativo, es una decisión estratégica.
Elegir a quién incorporamos, cómo desarrollamos a nuestros colaboradores, qué cultura construimos y qué tipo de liderazgo ejercemos tiene un impacto directo en los resultados de cualquier empresa.
Lo mismo sucede con la marca, una marca no es solamente un logotipo, un empaque o una campaña publicitaria. Es la promesa que hacemos al mercado y, sobre todo, la capacidad que tenemos para cumplirla todos los días.
De poco sirve invertir en comunicación si internamente la empresa no puede sostener aquello que promete externamente, por eso profesionalizar un negocio no significa quitarle su esencia. Al contrario: significa construir las condiciones necesarias para que esa esencia pueda permanecer mientras la organización crece.
Esto resulta especialmente relevante cuando hablamos de productos que nacen de nuestra identidad, nuestras comunidades y nuestras tradiciones. El desafío está en conservar aquello que los hace únicos y, al mismo tiempo, desarrollar empresas capaces de competir, generar empleos y abrir nuevos mercados.
El Estado de México tiene talento, capacidad productiva, ubicación estratégica y una enorme diversidad de emprendedores y empresarios. Sin embargo, nuestro siguiente desafío no debería ser solamente crear más negocios.
Necesitamos construir más empresas que trasciendan, capaces de pasar del esfuerzo individual al trabajo en equipo, de la improvisación al proceso, de vender un producto a construir una marca, de generar ingresos a crear patrimonio, y de depender de su fundador a convertirse en organizaciones que puedan permanecer durante generaciones.
Quizá ahí esté una de las conversaciones empresariales más importantes que debemos tener. Porque emprender requiere valentía para comenzar, pero construir una empresa requiere algo más: tener la visión de crear algo que algún día pueda crecer más allá de nosotros mismos.
