Autor: Claudia Quiroz Godínez
Durante muchos años, la historia inmobiliaria de una familia parecía seguir un camino bastante predecible. Primero venía el departamento, después la casa, luego una recámara adicional, un jardín más grande y, con el tiempo, si las posibilidades lo permitían, una propiedad todavía mejor. Crecer como familia casi siempre significaba crecer también en metros cuadrados. Pero algo ha estado cambiando.
Cada vez me encuentro con más propietarios que, después de haber vivido 20 o 30 años en la misma casa, empiezan a hacerse una pregunta que antes ni siquiera se planteaban: ¿realmente quiero seguir viviendo aquí?
Me ha tocado recorrer casas padrísimas, de 400, 500 metros o más, en las que hoy viven solamente dos personas. Casas que en algún momento estuvieron llenas: hijos entrando y saliendo, reuniones, amigos, fines de semana en el jardín. Hoy, muchas de esas habitaciones y espacios permanecen cerrados casi todo el tiempo. La propiedad sigue siendo la misma, la vida que sucede dentro de ella ya no.
Y esto no es únicamente una percepción que estamos teniendo en el mercado inmobiliario. La composición de las familias mexicanas también está cambiando. Según datos del INEGI, la población de 60 años y más pasó de representar 12.3 por ciento en 2018 a 14.7 por ciento en 2023. Al mismo tiempo, la tasa de fecundidad cayó de 2.07 a 1.60 hijos por mujer y los hogares son cada vez más pequeños.
Pero para mí hay otra parte más interesante: estamos viviendo unos nuevos 50, 60 y 70. Llegamos a estas edades de una manera muy distinta a como llegaron nuestros bisabuelos y abuelos. Hoy hablamos todo el tiempo de comer mejor, hacer ejercicio, mantener masa muscular, prevención, longevidad y calidad de vida.
En la actualidad, una persona de 60 o 70 años puede estar trabajando, viajando, jugando golf, haciendo ejercicio, empezando nuevos proyectos y haciendo planes a largo plazo. No se siente “vieja” y mucho menos está buscando una vivienda para retirarse. Y ése es precisamente el cambio que estamos detectando en el mercado inmobiliario.
No necesariamente quieren una casa pequeña. Tampoco quieren renunciar a buenos espacios, privacidad, seguridad, una terraza agradable o un lugar donde puedan reunirse con hijos y nietos. Lo que muchos empiezan a cuestionar es si necesitan seguir cargando con cinco recámaras, tres niveles, un jardín enorme y una propiedad que requiere atención y mantenimiento permanentes.
Por eso no me gusta hablar de downsizing. Suena a reducir, a perder algo o a conformarse con menos. En realidad, muchas personas no están buscando vivir con menos. Están buscando que su propiedad se ajuste mejor a la vida que hoy tienen. Este es el target que ahora, como inmobiliarios, vemos constantemente entre nuestros clientes.
Considero que el verdadero reto estará del otro lado. Tenemos muchas casas grandes construidas para familias numerosas en un país donde las familias son cada vez más pequeñas. Eso no quiere decir que esas propiedades dejarán de valer. Una buena casa, bien ubicada y bien construida, seguirá teniendo valor.
Pero probablemente tendremos que empezar a distinguir con mucha más claridad entre dos conceptos que muchas veces confundimos: valor y liquidez.
Porque una propiedad puede valer mucho y, aun así, tener pocos compradores. Y aquí aparece algo que cada vez escucho más de algunos clientes: “Ya no quiero tener tanto dinero metido en ladrillos. Prefiero tener una propiedad que me funcione y que el resto me genere una rentabilidad que me permita viajar y vivir bien, sin sacrificar mi calidad de vida”.
Durante décadas, acumular metros cuadrados fue prácticamente sinónimo de éxito patrimonial. Hoy, empieza a medirse también en qué tanto nos permite disfrutar la vida que queremos tener. Y eso también va a obligar al sector inmobiliario a cambiar la manera en la que entendemos a nuestros clientes.
Durante años nos hemos esforzado por entender qué quieren los hijos: dónde quieren vivir, qué pueden comprar, qué tipo de espacios prefieren y qué nuevas formas de vivienda están buscando. Llegó el momento de empezar a observar también a sus padres.
Porque la próxima gran mudanza puede no ser la del hijo que abandona la casa familiar, sino la de los padres que, después de toda una vida construyendo patrimonio, deciden que ya no necesitan vivir en más metros, sino vivir mejor los años que vienen.
