Autor: Pedro Ferriz Híjar
Hay partidos que se fundan alrededor de propuestas. Otros prefieren hacerlo alrededor de principios. Suena más elegante. Más limpio. Hasta que llega el momento de demostrar que esos principios sirven para algo más que llenar discursos.
Rubén Rocha Moya volvió a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia. Duró alrededor de 34 horas. La presión política, los cuestionamientos y las investigaciones abiertas terminaron colocándolo nuevamente fuera del cargo. Y entonces todos parecieron descubrir que quizá su regreso no había sido una gran idea.
¡QUÉ OPORTUNO!
Porque la discusión ya no debería concentrarse únicamente en Rocha Moya. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿cuánto tiene que pasar para que una persona en el poder comience a ser cuestionada seriamente por quienes la llevaron hasta ahí?
¿Una acusación? ¿Dos? ¿Una investigación internacional? ¿Una crisis pública? ¿O hace falta que el problema sea tan grande que resulte imposible seguir fingiendo que no existe? El partido fundado por Andrés Manuel López Obrador convirtió durante años frases como “no mentir, no robar y no traicionar” en una especie de certificado moral. Muy bien. El problema de presumir una vara tan alta es que tarde o temprano alguien termina midiendo con ella a quienes gobiernan bajo esas siglas.
Y ahí Rocha deja de ser únicamente Rocha. Se convierte en una pregunta mucho más incómoda: ¿cuántos casos necesitan llegar al escándalo público antes de que alguien decida revisar qué estaba ocurriendo?
Porque reaccionar cuando todos están mirando es relativamente sencillo. Lo complicado es cuestionar a los pro pios cuando todavía resulta políticamente conveniente defenderlos.
La presidenta terminó marcando distancia de su regreso y sostuvo que las investigaciones deben continuar.
Eso es lo institucionalmente correcto. Pero el verdadero debate empieza un paso antes: ¿por qué tuvo que llegarse hasta este punto? Porque cualquiera puede condenar un problema cuando ya explotó. Lo difícil es actuar antes, cuando hacerlo implica cuestionar a quienes forman parte de tu propio gobierno.
Y AQUÍ ES DONDE EL ASUNTO DEJA DE SER EXCLUSIVO DE LA POLÍTICA.
Para un empresario, la confianza en las instituciones también forma parte del costo de hacer negocios. Cuando las reglas parecen aplicarse tarde, de manera selectiva o solamente después de una crisis pública, aumenta la percepción de riesgo. Y el riesgo tiene consecuencias muy concretas: inversión que se pospone, expansión que se reconsidera y capital que empieza a buscar entornos donde la certidumbre pese más que la cercanía con el poder.
Por eso el caso Rocha importa mucho más allá de Sinaloa. Porque detrás de cada episodio como éste aparece una pregunta que ningún empresario debería ignorar: si las instituciones tardan tanto en cuestionar al poder político, ¿qué tan rápido responderán cuando lo que esté en juego sea una empresa, una inversión o un patrimonio?
AHÍ ESTÁ LA VERDADERA FACTURA.
Y quizá esa sea la consecuencia más pesada que deja este caso: obligar al partido fundado por Andrés Manuel López Obrador a demostrar si sus principios funcionan como filtros para ejercer el poder… o solamente como palabras para llegar a él.
Yo soy Pedro Ferriz Híjar. Y recuerda: hagamos historia..
