Autor: Pedro Ferriz Híjar
Durante años, Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde entendieron algo muy sencillo: juntos podían ganar mucho más que separados. Y funcionó. El problema aparece cuando ganar deja de ser suficiente y llega el momento de repartir candidaturas, posiciones y poder. Ahí, la unidad se vuelve bastante más difícil de presumir.
En 2027 estarán en juego 17 gubernaturas y Morena ya definió a quienes encabezarán sus coordinaciones estatales rumbo a esas elecciones. Para hacerlo, recurrió a sus famosas encuestas internas. En teoría parece sencillo: se pregunta, se mide y gana quien tiene mayor respaldo. Democracia con calculadora. El inconveniente aparece cuando quienes participan en el proceso empiezan a desconfiar de las cuentas. Y ocurrió.
Hubo inconformidades dentro del propio movimiento y cuestionamientos de sus aliados. Morena decidió inicialmente mantener bajo reserva sus encuestas y después anunció que las haría públicas, tras las dudas surgidas alrededor de distintas designaciones. Uno podría preguntarse algo bastante elemental: si el mecanismo sirve para generar confianza, ¿por qué terminó generando tantas explicaciones?
El PT tampoco se quedó callado. Su dirigente, Alberto Anaya, acusó a Morena de incumplir acuerdos sobre las encuestas y sostuvo que faltaban mediciones donde participaran las propuestas de los tres partidos. Morena defendió su proceso. La alianza continúa, aunque evidentemente la fotografía familiar ya requiere pedirles a todos que sonrían.
Reginaldo Sandoval, coordinador de los diputados del PT, llegó incluso a plantear públicamente que su partido podría hacer perder gubernaturas a Morena. Es una advertencia política, no una predicción electoral. Pero cuando un aliado empieza a calcular cuánto podría costarte dejar de tenerlo de tu lado, quizá la conversación ya no sea únicamente sobre candidaturas. También está el ciudadano.
Una encuesta nacional de Mitofsky de agosto muestra una paradoja interesante: Morena conserva una amplia ventaja individual en preferencia partidista, pero su opinión positiva cayó siete puntos frente al año anterior y aumentaron tanto su imagen negativa como el porcentaje de quienes dicen que nunca votarían por el partido. Sigue siendo una fuerza electoral importante. Precisamente por eso conviene observar el desgaste antes de descartarlo.
Porque la credibilidad tiene una característica incómoda: tarda años en construirse y puede comenzar a perderse discusión por discusión.
Una encuesta cuestionada quizá no cambie una elección. Una candidatura tampoco. Una pelea con un aliado, probablemente menos. Pero cuando empiezan a juntarse inconformes, dudas sobre los procesos y socios políticos reclamando públicamente, la pregunta cambia: ¿en qué momento una serie de problemas internos comienza a convertirse en un problema frente al electorado? Y mientras ellos hacen cuentas electorales, los empresarios hacen otras.
Quien planea ampliar operaciones, comprar un terreno, abrir una planta o comprometer capital, necesita observar quién gobernará y bajo qué condiciones. Los gobiernos estatales inciden en seguridad, infraestructura, trámites y regulación local. Si cambia el mapa político, también pueden cambiar interlocutores y prioridades que afectan directamente una inversión.
Por eso 2027 importa desde ahora. No porque podamos asegurar cuántas gubernaturas ganará o perderá Morena. Eso lo decidirán los electores. Pero quien toma decisiones empresariales a cinco o 10 años debería observar algo más profundo que una encuesta: la estabilidad de quienes hoy ejercen el poder.
Morena demostró que sabe sumar fuerzas para ganar elecciones. Ahora tendrá que demostrar qué ocurre cuando esas mismas fuerzas quieren cosas distintas. Y quizá ahí esté la pregunta que realmente vale la pena hacerse rumbo a 2027: ¿cuánta credibilidad puede perder un movimiento antes de empezar a perder también elecciones?
Y si esa pérdida termina cambiando el mapa político del país, ¿cuántos empresarios están contemplando hoy ese escenario dentro de sus decisiones?
Yo soy Pedro Ferriz Híjar. Y recuerda: hagamos historia.
