KATRIA OVIEDO
CEO & Co founder Jetz Autopartes
A lo largo de estos años liderando empresas y equipos he aprendido algo que cambió profundamente mi forma de entender el liderazgo: las personas no siguen a líderes perfectos, siguen a líderes humanos.
Durante mucho tiempo mi enfoque estuvo únicamente en métricas y resultados. Creía que liderar significaba exigir más, presionar más y demostrar fortaleza en todo momento.
Era un liderazgo basado en control, velocidad y resultados.
Pero con los años entendí algo mucho más importante: la gente conecta cuando se siente vista, escuchada y valorada. Cuando sabe que está en un espacio seguro donde su voz importa.
Un liderazgo más humano
Hoy me da orgullo saber que he transformado mi forma de liderar integrando cualidades que muchas veces se asocian con lo femenino: la escucha, la conciliación, la empatía y la cercanía.
No porque esas cualidades pertenezcan exclusivamente a las mujeres, sino porque durante mucho tiempo fueron subestimadas dentro del mundo empresarial.
Sin embargo, son justamente esas habilidades las que construyen equipos más fuertes, organizaciones más sanas y liderazgos más sostenibles.
Crecer en una industria dominada por hombres
Mi propia historia profesional me llevó a entender esto de una forma muy directa.
Trabajo en la industria de las autopartes, un ecosistema donde muchas veces entras a una sala y sabes que eres la única mujer.
La única en la junta.
La única en la negociación.
La única en el taller.
En esos espacios aprendí algo muy rápido: si querías quedarte en la mesa, tenías que demostrar el doble.
Durante años pensé que para sobrevivir en una industria dominada por hombres tenía que volverme más masculina: hablar más fuerte, decidir más rápido y dudar menos.
El costo de adaptarse al sistema
Desde niñas, a muchas mujeres se nos enseñó que empoderarnos significaba competir. Que para ganar espacio había que adaptarnos a reglas que no habíamos diseñado.
Ser más duras.
Más frías.
Más implacables.
Yo hice exactamente eso.
Fui competitiva desde muy joven, siempre enfocada en resultados y buscando demostrar que sí podía.
Y sí, esa mentalidad me permitió construir una carrera en un sector donde no siempre es fácil hacerlo.
Pero también aprendí algo que nadie nos explicó cuando empezamos este camino: el costo.
Cuando pasas demasiado tiempo en modo defensa, te vuelves dura incluso fuera del trabajo. Aprendes a no depender, a no pedir ayuda y a no mostrar vulnerabilidad. Aprendes a resolver todo sola.
Durante mucho tiempo escuché el mismo comentario:
“Eres muy masculina para liderar”.
Durante mucho tiempo pensé que eso era un elogio.
Hoy sé que no lo es.
Liderar sin dejar de ser mujer
El verdadero desafío nunca fue volverme más masculina para sobrevivir en un ecosistema dominado por hombres.
El verdadero desafío era aprender a liderar sin dejar de ser mujer.
Ese aprendizaje transformó mi manera de dirigir equipos.
Porque el liderazgo más poderoso no es el que impone, sino el que construye. El que escucha. El que entiende que los resultados sostenibles nacen de equipos que se sienten respetados, valorados y parte de algo más grande.
Transformar el sistema
Por eso, cuando pienso en el 8 de marzo, la conversación ya no es contra los hombres.
Es sobre cómo transformar el sistema.
Porque cuando más mujeres llegan a posiciones de decisión, no solo cambia quién se sienta en la mesa. Cambia cómo se toman las decisiones.
Y eso no solo beneficia a las mujeres.
Beneficia a las empresas.
Beneficia a los equipos.
Beneficia a la sociedad.
Durante años muchas mujeres aprendimos a sobrevivir en sistemas diseñados por hombres.
El siguiente paso no es adaptarnos mejor.
Es liderar con la convicción suficiente para transformarlos.
Quizá ahí está uno de los mayores retos —y oportunidades— de nuestra generación de líderes: construir organizaciones donde el valor de las personas no dependa de su género, sino de su capacidad de aportar y transformar.
